Ayer cumplió años la responsable de que me pusiera a estudiar dietética y me diera por hacer este blog. 26 años en los que hemos vivido todo tipo de situaciones, a veces muy frustrantes, a veces descorazonadoras, a veces muy peligrosas, que gracias a Dios hemos superado con buena nota.
Pero eso no quita para que hayamos aprendido, tanto ella como yo, multitud de lecciones a base de golpes, muchas de las cuales no han sido sobre alérgenos, sino sobre la naturaleza humana.
Por eso hoy quiero hacer un artículo del que igual no aprendéis sobre alérgenos o nutrición, pero quizás sí un poquito sobre empatía y humanidad.
Vivimos en una sociedad aspiracionalmente compasiva en la que, afortunadamente, intentamos integrar al diferente siempre que podemos.
Desde los tiempos en los que a los leprosos se les recluía en una ciudad aparte, como cuenta el Evangelio, muchas cosas han cambiado en Occidente.
Hemos pasado de tener zonas separadas en los autobuses para los negros (que se lo pregunten a Rosa Parks), a tener un presidente negro en EEUU.
Hemos cambiado nuestro concepto sobre la homosexualidad, y lo que antes se consideraba una desviación, ahora es una orientación sexual más.
Las mujeres, a las que hasta hace bien poco se nos consideraba incapaces para determinadas tareas físicas e intelectuales, estamos ahora presentes en todos los ámbitos académicos y laborales.
Hemos puesto rampas y escaleras para que puedan acceder a edificios y autobuses las personas en sillas de ruedas y con movilidad limitada. Hemos creado un sistema, el Braille, que permite a los ciegos leer y estudiar como los videntes.

Enseñamos el idioma a los inmigrantes que vienen de otros países a vivir al nuestro.
Hemos creado vías curriculares adaptadas para que las personas con discapacidad intelectual puedan aprender a su ritmo y tengan una oportunidad laboral.
Aceptamos religiones diferentes, estilos de vida diferentes, e incluso hacemos menús especiales para veganos o vegetarianos, y sin embargo, cuando llega el momento de incluir a un alérgico alimentario, a un celíaco o a un diabético, aún te encuentras frases como “Para dar tanto el coñazo que se queden en su casa”.
“Que no salgan, que no se diviertan, que no compartan momentos especiales con sus amigos en mi casa o en mi restaurante. Nos estorban y nos dan trabajo. ¡Qué pesados! ¡Mira que pretender ser como los demás!”
En esta sociedad supuestamente tan inclusiva, los alérgicos y sus familias somos, muchas veces, excluidos.
A mí me invitaron a una comunión pidiéndome que me llevara la comida de mi hija. (Por supuesto que no fui, ante la incomprensión del anfitrión. “¡Qué rara es esta chica!¡Qué exagerada!”).
Me convidaron a otra en la que, después de irme al quinto pino a la celebración, me tuve que poner a buscar un bar en el pueblo más cercano para darle de cenar a mi hija, porque ni las patatas fritas estaban libre de trazas de leche.
He visto como una persona cercana se ponía muy nerviosa en un restaurante cada vez que yo “llamaba la atención” preguntándole al camarero por los ingredientes de los platos, advirtiéndole de la alergia de mi hija.

Cristina ha presenciado celebraciones sin fin en el colegio donde ella no podía tomar tarta, o caramelos o lo que fuera que repartiese el cumpleañero. Desde que era bebé. En cada cumpleaños.
Le han pasado por delante tartas de chocolate con un cierto sadismo, sabiendo que ella no las podía comer. “Bueno, es que ella está acostumbrada. A mí en cambio, si me quitan el chocolate me muero”. Sin misericordia. Sin empatía ninguna.
En raras ocasiones una madre me ha preguntado qué podía comprar para que ella lo pudiera tomar. Y alguna vez, alguien se ha tomado la molestia de hacerle una tarta para que la pudiera comer. Las puedo contar con los dedos de una mano. Dios bendiga a estas personas y las lleve al cielo por su empatía. Son rara avis.
Y nos creemos una sociedad inclusiva. Permitidme que me ría.
En el ámbito escolar, aparentemente al niño alérgico no se le excluye, pero en muchos colegios, se le aparta, se le pone con su grupo, con sus iguales.
En esta segregación para no tener problemas, ponen a todos los niños alérgicos a comer juntos en mesas separadas del resto. El menú de cada uno se prepara según sus alergias, o, como en nuestro caso, lo trae de casa preparado por su madre.

Los niños alérgicos se sienten de este modo diferentes, los “raritos”, y así son también percibidos por los demás. Eres un “sí pero no”. Hay una barrera física y emocional entre tú y los demás. Hay que tener cuidado contigo. “A ese niño, cariño, mejor no lo invites, no le vaya a pasar algo en tu cumpleaños y nos amargue la fiesta”.
Como se los colectiviza, a veces se crean vínculos especiales entre los “apartados” por el mero hecho de compartir la misma condición, pero otras veces no. Porque como dice mi hija, aparte de ser alérgica, no tengo por qué tener nada más en común con estas personas: ni la música que me gusta, ni mis hobbies, ni mi tendencia política o sexual. Igual son alérgicos pero también imbéciles. Que de todo hay en la viña del Señor.
En el mejor de los casos, a los chicos se les integra en la misma mesa que a los demás pero con pegatinas o bandejas de otro color, teniendo especial cuidado con su menú y con la posible contaminación cruzada entre bandejas, platos y manos del compañero.

En estos casos ya no te sientes “tan” enfermo. Formas parte del grupo. Puedes integrarte con el resto. No pareces tan peligroso. Tienes una característica que te hace diferente, pero con un poco de cuidado y buena voluntad, se puede subsanar.
Para los demás, “perteneces”. Para ti mismo, aún existe una barrera emocional. Nunca podrás comer lo mismo que los demás, y a veces te dará rabia no poder probar esas galletas de chocolate, pero ya no te tratan “tan” distinto.
El último paso, el del mundo ideal, es la inclusión. El niño, además de comer con sus compañeros comparte el mismo menú con ellos. Un menú seguro para él y para todos los demás alérgicos. Todos comen lo mismo. La inclusión es total: física y emocional.
Esto es lo que hacen en los campamentos especiales para alérgicos: basta que uno sea alérgico a la nuez para que nadie coma nueces en ese campamento.

Y aquí me voy a adelantar a lo que estáis pensando todos: que en un colegio no es viable. Que hay 14 alérgenos de declaración obligatoria en la CEE y si los quitamos todos del menú por el bien de los niños alérgicos, reducimos la variedad de nutrientes de unas comidas que se convierten en un rompecabezas de difícil solución.
Y es verdad. Yo, como madre, no creo que se deba privar al resto de un alimento sólo porque mi hija es alérgica a él. Y viceversa. Y por el mismo motivo, no entiendo que últimamente se prive a todo un colegio de cerdo sólo porque algunos niños por religión no lo pueden comer. Pues no se lo des al tuyo. Pero deja al resto en paz.
Pero, en cambio, lo que sí encuentro viable es intentar que los postres y caramelos de cumpleaños que se llevan a una clase con un niño alérgico sean aptos para él. O al menos, que sea obligatorio llevarle una alternativa.
Intentar evitar actividades extraescolares, como el día de la castaña, o el día del pastel de chocolate, que dejan a algunos niños sin participar. Profesora, evítalos. No sabes la enorme frustración que estás causando en tu alumno innecesariamente, por no darle un poco al coco y pensar otro plan alternativo.

Y finalmente, en una celebración entre amigos, en una comida familiar, en un momento puntual ¿tan difícil es incluirlos? ¿tan difícil es llamar a la madre y preguntarle qué puede comer su hijo? ¿tan difícil es hacer un plato que puedan comer todos? ¿tanto trabajo cuesta una vez al año?
¿Ni siquiera en familia o entre amigos tiene derecho un alérgico a sentirse seguro? ¿Y si fuera tu hijo? ¿Cómo te sentirías al ver su constante frustración celebración tras celebración? ¿Cómo te sentirías al ver su miedo a comer algo?
Tengo en esta misma página web una sección de recetas sin alérgenos que podéis consultar. Y como la mía, hay montones de webs con recetas sin tal o cual ingrediente.
Echadle un ojo si lo necesitáis. O escribidme con cualquier duda y yo os ayudo. Si tenéis algún amigo alérgico a algo y queréis incluirlo en la celebración, intentadlo. De verdad que es más fácil de lo que parece:
Las patatas fritas sin sabores las puede tomar todo el mundo. Las aceitunas sin rellenar también. Los polos de hielo no suelen llevar de nada. El pollo, el cerdo, el tomate, la lechuga, el pan simple de panadería, lo puede tomar todo el mundo, (aunque siempre hay que preguntar).
Intentadlo. Y veréis una enorme sonrisa de agradecimiento, y os iréis a la cama sabiendo que por un día, un niño o un adulto que en las celebraciones normalmente está frustrado, hoy ha se ha sentido integrado y feliz. Que no es poco.
Gracias por leerme, especialmente hoy.
¡Nos vemos la próxima semana con el contenido habitual!
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